Dicen que el escritor Julio Camba ha conseguido esa clase de inmortalidad que solo está reservada a los privilegiados: convertirse sin ser leídos en una fuente inagotable de anécdotas. Estando una vez en Estambul, entró Camba en un baño turco para darse un masaje. En medio de la espesa humareda, un forzudo otomano de musculatura infernal comenzó a fregar el cuerpo desnudo de nuestro héroe tumbado en la camilla. Primero fue el sudor que lo empapaba todo, pero al poco rato Camba vio con espanto que sus poros exudaban una especie de grasa negra, una sustancia parecida al betún. Camba se incorporó muy alarmado y le preguntó a masajista:
—¿Qué es esto tan negro que sale de mi cuerpo?
—Eso es el cristianismo, señor —contestó el otomano.

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